| dc.description.abstract | El éxito final de los regímenes fascistas, allí donde se impusieron tras sostener
duras pugnas políticas con las restantes fuerzas partidistas –incluso las de la extrema
derecha antiparlamentaria– y expresiones ideológicas que movilizaban a amplios
espectros de las sociedades europeo-occidentales, dependió pues de la consecución de
una extensa base social de apoyo a sus transformadoras promesas. Por cuanto debemos
inferir que la fuerza movilizadora real, y la enorme capacidad de seducción, del
fascismo se instaló sobre la concitación de múltiples apoyos sociales, especialmente
complejos y heterogéneos. En consecuencia, los regímenes de la Italia de Mussolini, la
Alemania del Tercer Reich y, pensamos nosotros, la España franquista, compartieron
numerosos puntos de coincidencia en lo tocante a los caracteres revolucionarios de sus
propuestas de regeneración cultural y nacional. O en todo lo relacionado con la
laboriosa articulación de un variopinto entramado de apoyos sociales, constitutivos de lo
que podríamos denominar una “extensa y heterogénea coalición reaccionaria” de
profundos tintes antiliberales, anti-izquierdistas, antidemocráticos y antiparlamentarios.
Es por ello mismo, que el amplio consenso que los regímenes fascistas
cimentaron a su alrededor, tanto en la etapa histórica previa a su particular “conquista
del poder”, como en aquella otra, inmediatamente siguiente, y correspondiente al
periodo de construcción de un Nuevo Estado, los predispuso para ejercer la coerción, larepresión y la violencia institucional y selectiva de una forma atenuada. | es_ES |