| dc.description.abstract | Pocos temas han sido tan laberínticos para la inteligencia política como
el nacionalismo. Liberales y socialistas, proclives a imaginar la sociedad dividida
en segmentos horizontales, han presentado las fuerzas agrupadas en
torno a movimientos nacionalistas bajo calificativos como el de reaccionarias,
atávicas, subversivas o irracionales. Así, funcionalistas y marxistas, incómodos
con los fenómenos que atraviesan verticalmente el conjunto de lo social
(pensamos, por ejemplo, en los agrupamientos de signo religioso o
etno-lingüístico), advierten sobre sus efectos disolventes y lamentan su origen
patológico. Hay (o, tal vez, hubo) una leyenda negra sobre el nacionalismo
que sólo recientemente, desde finales de los sesenta, ha comenzado a
ser revisada; lejos de considerarlo expresión de resistencias a la modernización,
autores como E. Gellner o T. Nairn, lo entronizan como precondición
para todo movimiento modernizador. Un giro copernicano que deriva de
asumir un hecho difícilmente cuestionable: mayores cotas de progreso y
más elevados índices de educación política no han logrado arrinconar la capacidad
de movilización social de las ideologías nacionalistas. | es_ES |